Nuestros hijos: nuestra máxima fortaleza y nuestra más desgarradora fragilidad


En Google “Accidente” se define como: “Suceso imprevisto que altera la marcha normal o prevista de las cosas, especialmente el que causa daños a una persona o cosa.” Henry dice que los accidentes no existen. Yo no sé si existen o no, solo sé que cuando la vida de tu hijo corre peligro, no existe definición que describa lo que una madre siente.


Quiero decir que no me resulta fácil escribir esto, me he cuestionado varios días si debo o no compartir un acontecimiento tan remecedor y trastornador. Porque este no es un blog de maternidad, no soy influencer ni pretendo serlo. Este blog existe como complemento a nuestra tienda online para hablar de autonomía de nuestros hijos, mobiliario infantil y aspectos de la crianza. Sin embargo, me resulta muy difícil hacer como que nada ha pasado y seguir manteniendo un tono familiar y coloquial con ustedes en lo virtual sin compartir lo que como familia nos tocó vivir, y a mí en lo personal, en lo real. 


Si nos sigues en las RRSS o has leído las anteriores entradas de este blog algo sabrás de nosotros, del lugar donde vivimos y de la familia detrás de esta microempresa. Te habrás dado cuenta de que somos una empresa que quiere conectar contigo desde la empatía, desde la misma vereda que transitas a diario con tus hijos, con tu familia, y es justamente por eso que escribo esto.


El sábado 27 de julio mi hijo menor cayó a la piscina; mi pequeño saltamontes inquieto y vivaz se cayó en nuestra piscina y yo no estuve para evitar que cayera, no estuve a su lado para intentar agarrarlo antes de que su pequeño cuerpo cayera al agua. Yo estaba a 20 metros de distancia y no lo vi caer...solo lo vi flotando...y mi alma se desprendió de mi cuerpo.

 

Fueron segundos de no verlo, pero los necesarios para que se produzca un horror como este. A pesar de que estuve toda la mañana con ambos jugando en el cerro, siguiendo al más chico en sus caminatas y corriendo detrás de él cada vez que se iba a tirar piedras a la piscina, dejé de prestarle atención los segundos necesarios para que lograra llegar a la piscina sin que yo me interpusiera ni lo evitara. 


Cuando me volví para ver a mis hijos, solo vi al mayor jugando con sus autos en la gravilla, pero Oliver no estaba. Le pregunto a Gael por su hermano y me responde lo que jamás en la vida hubiese querido escuchar…”se fue para allá”, apuntando en dirección a la piscina….si no creyera que esto puede ser terapéutico para mí, no lo relataría. Revivir ese preciso momento me cuesta enormemente; darme cuenta de que esos segundos hicieron la diferencia, me estremece. 

Ver a mi hijo flotando en el agua es lo peor, lo más horroroso que he vivido en la vida. No hay nada que yo haya vivido antes que siquiera se le asemeje. 

Cuando somos madres sabemos que alguna vez nos tocará pasar por la urgencia con nuestros hijos: un corte, una fractura, un diente roto. Te has imaginado incluso en una situación así, pero nunca te vas a imaginar a tu hijo de la manera que yo vi al mío. Eso no. Ese tipo de “accidentes” no nos pasa a la madres que estamos encima de nuestros hijos día y noche.

 

No sé cómo corrí, no sé cómo llegué ni cómo me tiré al agua. Henry no estaba. Estaba en una posventa en Santiago. La vida de mi hijo estaba en mis manos y la única persona que hubiese tenido cabeza para saber qué hacer en un momento así estaba a más de 100 km de distancia.

Cuando saqué a mi hijo del agua sentí que no era yo, que eso no estaba pasando, que no era real. Vi a mi hijo y pensé que lo perdería...sí, eso pensé. Pero a la vez no podía imaginarme la vida sin él. Sentí la muerte, pero no la de mi hijo, la mía. 


Los hechos que ocurrieron después son algo confusos para mí en orden: en algún momento pedí ayuda por teléfono, en algún momento con mi madre (que estaba conmigo) le cambiamos de ropa para evitar la hipotermia, en algún momento armé una mochila con lo básico para irme al hospital con él….pero no me detendré en nada de eso.


Solo hay una cosa que quiero dejar muy clara y si quieren comentar esta entrada les pediré respeto por mi apreciación y mi manera de experimentarlo. Cuando llegué a sacar a mi hijo del agua, mi pequeño estaba flotando boca arriba….flotaba boca arriba. Todos los veranos hemos tenido la intención de pagar a los niños cursos de natación (o sobrevivencia en el agua), pero la verdad es que económicamente no hemos podido. Nuestros hijos tienen una relación sana con el agua y la disfrutan, pero no saben flotar ni nadar. Sin embargo, mi hijo estaba flotando de espalda en el agua, consciente.

  

Yo no sé cómo mi hijo cayó al agua, no lo vi caer...pero sé porqué mi hijo sobrevivió, y no solo eso, está sano, sin ninguna secuela en el corto o largo plazo. 

Yo no soy mujer de religiones ni credos, y mi fe muchas veces se ha visto mermada por los aconteceres de mi vida; sin embargo, creo en Dios. He sentido que me ha cuidado y a mi familia desde que la formé. Y es en base a eso que tengo la profunda convicción de que mi hijo fue volteado en el agua por Dios o sus ángeles para que yo pudiera llegar a tiempo. Dios permitió que nuestro hijo siguiera en nuestras vidas. Así lo creo, y así siempre me referiré a este episodio de mi vida, el más amargo y más estremecedor en mis 41 años.


Tres días en el hospital en estado de alerta a la espera de una posible neumonía por inmersión, durmiendo a su lado sentada en una silla, acompañándolo 24/7; relatando el hecho 20 veces a 20 personas distintas, incluidos Carabineros y Asistente Social, porque sí, hay un aspecto social que “ellos” deben esclarecer antes de un alta médica.


Hoy estoy en la cama escribiendo esto con mis dos pollos; mi pequeño Oliver, travieso y activo como siempre, es la misma “guagua dinámita” que tenemos que estar bajando constantemente de la mesa. 

Aún lloro en las noches cuando lo abrazo mientras duerme, aún miro la piscina con resquemor, aún el corazón se me acelera si se tropieza o se cae. Mi fragilidad es la secuela más grande que debo enfrentar. Quizás requeriré ayuda...estoy segura de que necesitaré un poco de ayuda. 

Para terminar...siento que no hay nada que yo pueda decirte para evitar que a ti te pase lo mismo, no fue por eso que decidí escribir esto. Solo se requieren segundos de no verlos, ¿¡y quién podría decir que no le ha quitado la vista a sus pequeños unos segundos!?


Lo que podría decirte es que tengas cabeza fría y te visualices en situaciones extremas con tus hijos, pero no lo hagas desde el terror, hazlo desde la acción: aprende RCP, aprende a hacer un torniquete, lee qué debes hacer en caso de una quemadura con vapor, con agua caliente, con fuego. Te aseguro que si alguna vez, y Dios no lo permita, debes enfrentarte a una situación extrema con tu hijo, recordarás qué hacer, y te aseguro que podrás actuar.


Si quieres dejar un comentario, si quieres compartir algo, hazlo con toda libertad. Solo no cuestiones cómo lo viví ni porqué mi hijo pudo acceder a la piscina. Eso no lo necesito. El formato de este blog no me permite responder sus comentarios por ahora, pero si publico lo que me comentan, es porque los he leído.

Si llegaste hasta acá, gracias, gracias por leerme. Esto para mí es terapia. Con la honestidad de siempre, hablando siempre en primera persona desde la experiencia, este blog, con sus distintas aristas y contenidos, nos acerca en lo más grande que tenemos en común: la maternidad.

 

Oliver y Mamá

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10 comentarios


  • Diana

    Hace un tiempo que los sigo por Facebook porque me encantan sus muebles. Tengo un par de inquietas niñas de 3 años y 1 año y medio, leí tu blog porque siempre trato de leer experiencias de mamás como yo, que llevamos una vida agetriada, colapsada y con mucho amor por nuestros pequeños. Te escribo porque me nace hacerlo y para decirte que no te culpes… no somos mamás perfectas, cometemos errores; tampoco soy devota de ninguna religión en particular, pero al igual que tú siento que Dios nos cuida y protege, las cosas pasan por algo para darnos una lección y sacar una enseñanza de eso. Agradezco a Dios que tú pequeño está bien y espero de todo corazón que esté mal susto solo sea un mal recuerdo en sus vidas. Después de todo lo importante es amarlos siempre, guiarlos y protegerlos… Cariños!


  • Eve

    Me dio una angustia tremenda leerte. Obvio que tienes un angelito que te protege. Yo hace un mes pasé por un susto similar. Mi torbellino tomó dos pastillas de mi esposo que padece depresión. Nos dimos cuenta de inmediato y logramos llegar a urgencias. Pero fue uno de los episodios más fuerte vividos. Pensar que mi hija podría haber quedado con secuelas o quizás muerta me llega a estremecer lo terrible de esos momentos. Te mando un abrazote muy grande.


  • Tamara

    Que mujer más fuerte eres. Gracias infinitas por compartir tu pesadilla, por alertarnos y prevenirnos.
    Te admiro y admiro tu garra, esa fuerza de mujer, capaz de salir de toda adversidad.
    Que la luz de Dios siempre ilumine tu camino, a tu familia y a tus hermosos hijos.
    Bendiciones


  • Camila

    Me dejaste pa dentro. Muchas gracias por el último consejo, pese a que ni vida pasa muy rápido, me daré el tiempo para estudiar todo lo que comentaste. Te mando un abrazo muy apretado con mucho amor, tu hijo ya está contigo, y es lo mejor, sigue adelante! Las mamás somos fantásticas! Linda! Gracias!!


  • Edith

    Si bien no compartimos creencias comparto contigo la maternidad. Lamento mucho lo ocurrido pero sobre todo el terror que debes haber sentido. Lloré mientras leí tu relato porque es imposible no simpatizar y verme en tu lugar…y como dijiste, uno no ve la muerte del hijo, sino que siente el.dolor infinito y la muerte en vida de uno como madre. Me alegro muchísimo que tu hijo esté bien y siga creciendo rodeado de amor y un familia que haría todo por él.


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