Los hijos de Chile


Ciertamente el 18 de octubre será un día que no olvidaremos los chilenos. Hay un antes y un después. Desde ese día todo se ha vuelto más sombrío, pero más esperanzador a la vez; se ha vuelto más confuso, pero nunca tuvimos la película más clara.
Como microempresa que somos, tenemos una responsabilidad social; hoy somos microempresa, mañana seremos pequeña, y después seremos mediana; creceremos, porque ese es el único camino, y el crecimiento conlleva responsabilidad. Es por eso que abrazamos la causa, porque es nuestra causa también. 
Hemos visto con tristeza como muchas marcas “lamentan profundamente” lo que está ocurriendo en Chile; como mirando desde la vereda del frente; como cuando le das el pésame a tu vecino; no creo en las totalidades absolutas ni las verdades a raja tabla, pero nadie que se sienta representado por la causa simplemente lo “lamenta”; no, porque seguramente ha padecido, vivido y sufrido estos 30 años de abusos representados en esos nimios 30 pesos que provocaron que prácticamente todo un país se levantara.
¿Has tenido un día malo? ¿Tan malo que llega un punto que solo hace falta que alguien te conteste mal para estallar? Eso es lo que nos pasó. Un día que cargó con los pesares de 30 años. 
Voy a compartir algo personal para graficar un poco lo que ha significado la brecha salarial, social y económica que existe en Chile, y lo voy a orientar hacia la paternidad. Pues finalmente, lo nuestro son los niños. Mi padre va a cumplir 70 años en unos meses, se jubiló tempranamente por invalidez antes de los 60 años. Somos dos hermanos, ambos con estudios universitarios, y de alguna manera afortunadamente para nuestros padres, con 9 años de diferencia entre nosotros no les tocó pagar dos universidades a la vez, como es y será la realidad de muchos de nosotros. Mi padres no tienen estudios universitarios, son trabajadores de tomo y lomo, desde la niñez. A los 14 años mi papá trabajaba cargando bloques de hielo, lo que en su adultez generó una artrosis de cadera que lo llevó a jubilarse de manera anticipada, cuando trabajaba en construcción. Mi padre se sacó la cresta, pero la cresta trabajando toda su vida para que a su familia “no le faltara nada”; tanto trabajó que sacrificó, sin darse cuenta, su vida familiar con tal de cumplir con ese objetivo. Se levantaba a las 5 de la mañana y llegaba prácticamente a las 9 de la noche. Si le salía un “pituto”, el sábado tampoco lo veíamos, porque esos se pagaban muchísimo mejor. 
Yo prácticamente no tengo recuerdos con mi padre: no recuerdo haber jugado con él, no recuerdo abrazos, no recuerdo te amos, no tengo recuerdos míos con él. Tengo recuerdos familiares, claro, porque mi madre es una figura materna potente y muy afectiva y emocional. Pero mi padre no creó ningún vínculo conmigo, que no fuera la obediencia, y digámoslo, el temor. Hoy a mis 41 años, respeto a mi padre, me preocupo por él, lamento su soledad, pero no tengo un lazo afectivo fuerte con él, ni él conmigo. Hoy mi padre, gracias a que se descretó trabajando toda su vida, impuso sin lagunas durante toda su vida laboral, tiene una pensión vitalicia mucho más alta de la que goza la mayoría de los chilenos. Pero está solo. 
Gocé lo que significa la salud privada, porque toda mi niñez y adolescencia estuve en isapre. Paradójicamente conocí fonasa solo cuando comencé mi propia familia.
No estudié con crédito universitario, aunque la verdad es que a finales de los 90 sí había diferencia en aranceles entre universidades tradicionales y privadas, y una carrera en una universidad en Valparaíso no costaba lo que cuesta hoy. Hoy no tengo deuda universitaria, y eso se lo debo a mi padre. Pero no tengo una relación cercana con él. 
Ciertamente aquí hay otros factores que influyen, y no se lo atribuyo únicamente a esta manera de enfrentar la paternidad como “proveedor”, pero claramente influyó. 
Yo te pregunto a ti, que tienes todas tus necesidades cubiertas, o tal vez apenas las básicas; que tienes una vivienda propia y estás al día con el dividendo, o a ti que el banco no cesa de llamarte porque ya vas en tres dividendos vencidos; a ti que cuando tu hijo debe quedarse internado por alguna enfermedad o accidente puedes dormir con él en su cama, o a ti que debes dormir sentada en una incómoda silla para poder tomar su manito; yo te pregunto:
¿Cuál es el precio más alto que estás dispuesto a pagar para que tus hijos tengan educación de calidad? ¿Para que no les falte para comer, para vestir? ¿Cuál es el precio más alto que estás dispuesto a pagar para tener salud digna? ¿Estarías dispuesto a sacrificar tu relación con ellos? ¿Sus recuerdos de infancia contigo? ¿Estarías dispuesto a solo verlos un rato en la noche y esperar a que llegue el momento en que si estás o no estás no haga ninguna diferencia?
Para ti que nos sigues, porque te gustan nuestros muebles, nosotros no hacemos muebles porque sí. Hay un lema detrás de nuestro trabajo y es: De lo natural a lo natural. Sí, en parte es porque vivimos en el campo, pero es principalmente porque la crianza debe ser algo natural, que surge del instinto, del amor, de la atención, del cuidado, de la compasión, de escuchar a nuestros hijos, y de ponernos en su lugar.
De esto ha adolecido nuestro país los últimos 30 años. Los gobiernos se olvidaron de sus hijos, y lo mínimo que se puede esperar de un hijo olvidado es el abandono.
Nosotros empezamos esta microempresa hace 3 años, y aún no llegamos al punto de equilibrio….es difícil, tan difícil.  Salimos poco, porque las lucas no alcanzan aún para el entretenimiento, al menos no regularmente: los niños aún no conocen el zoológico, ni el Mampato, ni tampoco el cine. Pero me emociono hasta las lágrimas de ver a mis hijos jugando en el campo cerro arriba y abajo; me emociona que tengan un vínculo con su padre estrecho, amoroso y juguetón...de hecho, juegan más con él que conmigo. Doy gracias a la vida, Dios y los astros que no me he perdido ni un solo detalle de su infancia. Tanto su padre como yo hemos estado con ellos en cada paso del camino. He estado en sus lágrimas y caídas; hemos estado en sus primeras veces y en las últimas. Son niños taan taan felices. 
Y Sin embargo hemos tenido un precio que pagar.
Salvo un porcentaje muy menor en nuestro país, siempre ha habido un precio que pagar...hasta el viernes 18 de octubre en que los hijos de Chile despertamos de una larga siesta, y hoy nos levantamos más lúcidos y unidos. Y si bien sabemos que viene un largo camino que recorrer y todos seguramente deberemos hacer concesiones y más sacrificios, ¡es bueno estar despiertos!

“¿Cómo puede haber gente dueña de tanto horizonte? ¿Cómo puede haber gente tan enguatada de paisaje? Me parece obscena esa glotonería de tanto tener”.


Pedro Lemebel


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